En mi caso, con el fragante título de “ex alumno” o su versión más popular, “egresado”, llevo poco más de cuatro o cinco meses. Soy de la última camada de portadores de dicho título. Y créanme cuando les digo que, para mí, a pesar de tener todo lo lindo de lo que representa el egresar y el comenzar una nueva etapa, una parte mía quiere volver día tras día a la escuela para comprobar que, para mi desgracia, sigue de pie sin la presencia de uno.
Para que la audiencia que nos escucha pueda entender un poco que y porque digo lo que digo es necesario que primero se cobre verdadera dimensión de lo que significan las nueve horas diarias que pasa o pasó uno en el colegio durante los seis años que dura su educación.
Nueve horas a diario significa que, en el muy hipotético caso de que durmiésemos las horas recomendadas, en época de clase pasamos más tiempo en el colegio que durmiendo. Significa también que, en un año lectivo común, y con cálculos rápidos, pasamos más de 65 días completamente activos en el colegio, compartiendo unos veinticinco metros cuadrados con otras, por lo menos, veinte personas de tu edad, sin incluir los momentos pasados en común con cientos de personas más. Para el colmo no es solo eso, sino que, condimentando todo ese cóctel de tiempo y experiencias vividas, se le suma que lo estás pasando en el periodo de mayor transición que es la adolescencia donde las emociones están a flor de piel y las hormonas exaltan todo mucho más.
Hay muchas cosas del colegio que resaltan para la comunidad de Chilecito y que solo de este modo se puede llegar a entender del todo explicando un poco más detalladamente lo que, en un comienzo parece una tortura, que son las horas invertidas en el mismo. Nueve horas al día se dicen demasiado rápido para lo que viene después; y es que solo entendiendo del todo que son esas nueve horas al día por ciento ochenta días al año durante seis años en la vida de un adolescente (nada más y nada menos que un tercio de la vida del mismo, y casi la mitad de la que recuerda al graduarse) es que se puede alcanzar a imaginar las amistades que se forjan; la complicidad que se crea entre el personal y nosotros, los alumnos; la torrencial cantidad de anécdotas que se pueden vivir, y las otras curiosidades de las que tanto se hablan puertas afuera.
Durante los últimos seis años, festejamos con una torta entre los del curso, el cumpleaños del colegio. Hoy que iba a ser una de mis primeras excusas para visitarlo no puedo hacerlo por la trágica situación que globalmente estamos viviendo. Pero me quedo tranquilo con saber que, si me acerco hasta Tilimuqui, lo encontraré de pie, generando o intentando generar que un tercio de la vida de los, en un futuro colegas del rubro ex alumnos, ese pequeño gran tercio de vida, sea tan feliz como lo fue el mío.
Entonces no me queda nada más que desearle un muy feliz cumpleaños CoNAg.